Salar de Uyuni, Bolivia.

Camino al desierto

Fue un largo y tortuoso camino, demasiadas horas de “traqueteo” de autobús desde la capital del país, La Paz, pero sabíamos que sería recompensado según lo que había llegado hasta nuestros oídos.

Los viajeros llegaban por tierra y aire; tren, avión y autobús. Este último fue nuestro inquietante y sufrido medio de transporte, al prever nuestros pasos con tan poca antelación como nos dejaba la rapidez con la que avanzaba nuestra aventura. Por fin, llegamos.

Allí, en un altiplano a más de 3.600 metros sobre el nivel del mar, Uyuni, una ciudad inventada hacia finales de 1800, en donde se puede pasear sin pena ni gloria por sus tranquilas calles asfaltadas de aquella manera. En ella se respira el silencio del desierto por los cuatro costados y se intuye que sus relajadas gentes sobreviven del valiente viajero, que llega a aquel recóndito lugar del mundo a llevarse un gran ‘souvenir’, un recuerdo para el resto de sus días.

Como se acostumbra en un viaje de estas características, hicimos un reconocimiento del pueblo y gestiones de alojamiento, que en esta ocasión no se tornaron sencillas debido al presupuesto que manejábamos y la demanda de visitantes. Tras los típicos y rutinarios quehaceres de un mochilero que se precie, comimos y descansamos, el sol caía a plomo desde primeras horas de la mañana. Más tarde conseguiríamos un transporte que nos llevaría al día siguiente hasta el objetivo vital del “trip” que nos había impulsado a llegar allí.

El gigante blanco

Llegamos en época de lluvias, lo que propiciaba que el desierto estuviera cubierto con varios centímetros de agua por encima de aquellas gigantescas escamas de sal, que hacían que nuestros descalzos pies sufrieran al caminar sobre ellas, pero sobre todo que se pudieran tomar fotografías desde cualquier posición y con cualquier encuadre sin dejar de parecerte a ti mismo un auténtico profesional del manejo de la cámara.

Salar de Uyuni - el mapa infinito

La distancia y las formas, el cielo y la tierra, el blanco y azul, se aunaban en el horizonte haciéndote pensar que eras un reflejo de ti mismo. Solo las montañas que se vislumbraban a lo lejos te daban la sensación y tranquilidad de que aquello tenía un fin.

Parecíamos estar en el más gigante plató que jamás se haya construido, no podía ser verdad, de no haber llegado en 4×4 hubiéramos tenido que pensar que lo que allí acontecía, ante nuestros ojos, era un espejismo que sin duda se tenía que deber a nuestras cansadas piernas y agotada mente tras caminar tantos kilómetros y fundirse con el calor del desierto.

¡Estábamos ante el mayor desierto de sal continuo del mundo! Una de las mayores reservas de litio del planeta. Un lugar mágico. Un plató fotográfico de incalculables dimensiones en el que el ingenio de los visitantes fluía sin freno para hacer las instantáneas más variopintas de otro regalo de la madre naturaleza.

Argentinas, italianos y un vasco disfrutamos como niños pequeños venidos a más, jugueteando y flotando sobre las nubes que se reflejaban en el salar, admirando estampas, fotografiando imágenes y dejándonos llevar por la admiración que nos invadía aquel espejismo, sabiendo que estábamos en un lugar especial del globo, de esos que jamás podrás borrar de tu mente.

El día siguiente llegó, y la marcha continuaba, solo cabía esperar una vuelta algo más tranquila, sin saber aún de las serpenteantes carreteras que nos aguardaban a la salida sur de Uyuni. Partió nuestro autobús reptando sobre curvas que descendían y que en alguno de sus lados se convertían en empinados precipicios parecidos a abismos, dejando atrás aquel sueño de sal blanca y teniéndonos que conformar con la no menos bella estampa que nos dejaba aquella noche en la que la estrella del sur nos guiaba ladera abajo.