Entre tiburones, Filipinas.

Tiburón zorro, majestuoso pez de las profundidades.

Son las cuatro de la mañana y despertamos en Malapascua, una diminuta isla de Filipinas bautizada con ese nombre por colonizadores españoles que vararon allí el día de Navidad. Un pequeño bungalow de madera y paja posado sobre la arena blanca de una bonita playa se ilumina en mitad de la noche. Nos preparamos para una de esas experiencias que repetiremos en nuestras mentes una y otra vez, en un intento de rescatar fragmentos de sensaciones únicas… bucear entre tiburones.

Partimos a mitad de la noche en una ‘banca’, típica embarcación filipina de poco calado que permite llegar cómodamente a los puntos de inmersión, que esta vez será Monad Shoal, el único lugar del planeta donde se puede ver diariamente al tiburón zorro, pez de aguas profundas que puede alcanzar hasta los 500 metros bajo la superficie. Allí estábamos nosotros, dispuestos a aprovechar una maravillosa coincidencia de la naturaleza para observarlo.

Nos trajeamos para la ocasión y los nervios empiezan a aflorar mientras nos equipamos. Comprobamos que todos los útiles funcionan correctamente. Saltamos al agua cuando el cielo empieza a cambiar de un negro intenso a un azul amanecer. Empezamos a descender, poco a poco, hasta los 30 metros, donde los colores han perdido su ser y todo a nuestro alrededor se vuelve azulado.

Tiburón zorro - el mapa infinito

Allí, submarinistas llegados de todos los puntos del planeta, agazapados, esperamos a que aparezcan estos tiburones para su limpieza diaria antes de volver a adentrarse en lo más profundo. Y es que es en ese lugar, en la meseta subacuática de Monad Shoal, donde acuden cada amanecer para que otros peces los limpien de parásitos.

Uno tras otro se van dejando ver, cada uno a su ritmo y en solitario, desplazándose lentamente con elegantes movimientos de cola -que en algunos casos puede llegar a medir el 50 por ciento de su longitud total- y con esos reflejos plateados que las primeras luces del día dibujan en su piel. Curioseando, se acercan a nuestra posición, nos observan tranquilos, nos hacen subir la adrenalina cuando giran en otra dirección mientras nos analizan de reojo.

Nos regalan una y otra vez esa sensación indescriptible de estar viviendo algo único. Solo es posible verlos un pequeño espacio de tiempo cada día. Sin duda, merece la pena estar aquí. Es una sensación indescriptible, un cóctel de nervios, de euforia, respeto…

Finalmente, este espléndido ser plateado, de grandes ojos redondos y majestuosa cola, acaba desapareciendo en la inmensidad de las profundidades marinas.

Tiburón ballena, el gigante de los océanos.

Enganchados a la maravilla del mundo submarino partimos hacia Oslob, una pequeña aldea de pescadores en la vecina isla de Cebú, llamada La Reina del Sur, en las Filipinas, donde vive un amplio grupo de tiburones ballena.

Hace años, aquí se practicaba su pesca, pero se ha dado la vuelta a la situación y ahora nadar o bucear con el pez más grande del mundo cada amanecer supone el mayor atractivo de la zona.

Al alba, recibimos un breve aleccionamiento sobre cómo actuar al adentrarnos en el agua, e incluso nos facilitan los nombres de los tiburones con los que nos vamos a codear. Y es que son viejos conocidos de los aldeanos, ya que llevan años compartiendo aguas e incluso alimentándolos para que vuelvan.

A escasos metros de la orilla, una legión de pequeñas barcas de pescadores sirve de apoyo a los que allí vivimos momentos de esos que quitan el aliento. Son palabras mayores, vamos a nadar con el pez más grande del mundo, que puede llegar a alcanzar los 12 metros de longitud y 20 toneladas de peso.

Nos adentramos en el agua con las primeras luces de la mañana. En escasos minutos se acerca el primero de estos animales. Una mezcla de emoción, inquietud y satisfacción nos invade al ver a este gigantesco pez grisáceo de lunares blancos, cabeza plana y enorme boca filtradora. Aún sabiendo que es totalmente inofensivo para nosotros, debido a que se alimenta principalmente de fitoplancton y bancos de peces pequeños, es indescriptible la sensación de tener a ese enorme y precioso animal tan cerca que puedes tocarlo.

Tiburón ballena - el mapa infinito

Uno tras otro pasan a nuestro lado. Llegamos a contar hasta trece. No sabemos hacia dónde mirar. El agua está agitada y la visibilidad no es buena, por lo que no los vemos venir. De repente aparecen ahí, a nuestro lado. Casi parece que quieran jugar. Nos hacen contener la respiración. Nuestro corazón se dispara.

No queremos que esto se acabe, queremos vivir esa sensación, esas emociones una y otra vez, retener estos momentos. Salimos del agua con la adrenalina disparada y, sobre todo, una completa admiración por la madre naturaleza.